Soy cringe, pero eso me hace libre.
Me llama la atención cómo se ha popularizado el concepto de ser cringe en el saber popular. Algo ya no puede ser divertido o curioso solo para un pequeño grupo de personas, porque entonces eres un rarito por disfrutar de ello. No te puede gustar algo que la sociedad considera que ‘no te pega’, como la animación cuando eres adulto. Y eso ha derivado en que, si alguien no entiende cómo alguien puede disfrutar de algo que a él o ella no le gusta, automáticamente lo tache de cringe. Y personalmente me parece una pena. Hay tantos estilos de contar historias como personas en el mundo, y simplemente tachar como inválidos aquellos con los que uno no casa me parece perder una muy buena oportunidad a apreciar cosas nuevas.
La segunda temporada del live
action de One Piece es campy. Muy campy. Es básicamente una película de serie B. Pero es que es eso
lo que tiene que ser. Durante años, se ha intentado hacer adaptaciones de anime
que sean más ‘realistas’, que apelen a ‘un público más maduro’. Y, al mismo
tiempo, siempre se ha dicho que esas adaptaciones deberían ‘ser más fieles’ a
las obras originales. Pues salta la sorpresa: El anime es, inherentemente, campy. Si te paras a entender los diálogos
de tus series favoritas, te darás cuenta de que son muchas veces igual de
sutiles que matar moscas a cañonazos. Que sus peleas funcionan porque son animadas,
pero si las intentas trasladar a la realidad, son absurdas. Y la adaptación de
One Piece abraza todo eso, y lo adapta a un público más generalista con un nivel
magistral. La gente, a pesar de lo que las comunidades en internet quieran
pensar, cuando ponen una serie quieren pasarlo bien, disfrutar de lo que ven. Y
sí, eso se puede lograr con series oscuras con tramas serias, pero también se
puede lograr con series alegres, que no tengan miedo a ser lo que son y pasarlo
bien. De hecho, el tipo de entretenimiento que dan las segundas creo que es muy
difícil de obtener con las primeras. Lo demostró la película de Superman el año
pasado, y lo ha vuelto a demostrar One Piece este año.
Si uno se guiara por los debates que se leen en redes
sociales, pensaría que la nueva temporada del live action de One Piece es un desastre que no se deja ver, cuando
la realidad es que está siendo un absoluto éxito de masas. El querer tomárselo
todo con una seriedad abrumadora, teniendo que debatir sobre cualquier argumento
a favor o en contra de lo que te gusta es algo que la madurez te hace ver que
es una estupidez. Creerte más guay que nadie porque algo te gusta o te deja de
gustar es tener una amplitud de miras muy baja. Me gusta mucho que una de las reflexiones
que hace Oda en el podcast que ha sacado Netflix sobre la serie sea básicamente
‘Bro, no te ralles que es sólo un manga’. Y no podría estar más de acuerdo. No
habrá suficientes problemas en el mundo como para preocuparme de si ver una
serie me hace ser más o menos guay, como si volviera a estar en el instituto. Si
por disfrutar de cosas como la adaptación de One Piece soy cringe, pues soy cringe, pero eso me hace libre de
disfrutar de lo que me dé la gana.



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